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Los Libros Apócrifos, son importantes?

noviembre 9, 2014

testimonio

Todo cristiano se enfrenta en algún momento con la pregunta, ‘¿Cuál Biblia lees? ¿La Católica o la Protestante?’. Para muchos evangélicos, esta es una pregunta torpe y desatinada. Pero, lo cierto es que hay lugar para el planteamiento, debido a una diferencia existente entre las Biblias que leen los evangélicos —como la Reina Valera, la Biblia de las Américas o la Nueva Versión Internacional— y las Biblias autorizadas por la Iglesia Católica Romana. Diferencia que radica en la inclusión o no en el Antiguo Testamento de algunos libros llamados apócrifos o deuterocanónicos.

  1. ¿QUÉ SON LOS LIBROS APÓCRIFOS?
  2. Definición de los Libros Apócrifos

Los libros apócrifos son, esencialmente, un grupo de libros que la Iglesia Católica Romana incluye en el canon del Antiguo Testamento, mientras que los Protestantes no. Estos libros son conocidos como libros Apócrifos, sin embargo los católicos romanos prefieren darles el nombre de Deuterocanónicos. El término apócrifo significa ‘escondido’ u ‘oculto’ —de la palabra griega apokruphos. Jerónimo, el gran erudito y traductor de la Vulgata latina, en el siglo cuarto, fue el primero en emplear esta palabra para designar a este grupo de literatura (McDowell, 1982: 37).

La palabra deuterocanónico significa, sencillamente, “de segundo canon”. Los libros apócrifos son los siguientes: 1 Esdras, 2 Esdras, Tobías, Judit, Sabiduría de Salomón, Eclesiástico, Baruc, la Carta a Jeremías, Oración de Manases, 1 Macabeos, 2 Macabeos, y adiciones a los libros bíblicos de Ester y Daniel.

  1. Origen de los Libros Apócrifos

Los libros apócrifos fueron escritos originalmente en el período intertestamentario, en lapso de cuatrocientos años entre el Antiguo y el Nuevo Testamento), y llegaron a incluirse en la Septuaginta —o Versión de los Setenta, abreviada también como LXX—, la versión griega de la Biblia hebrea compuesta entre los siglos III y II a.C.

La leyenda cuenta que esta versión fue el resultado de la traducción realizada por setenta y dos ancianos judíos enviados de Jerusalén a Alejandría para este menester, y que lo completaron en setenta y dos días de trabajo, logrando una coincidencia milagrosa. Sin embargo, no sabemos quiénes fueron realmente los traductores de la Septuaginta, pero habiendo tomado unos cien años de trabajo, queda claro que la labor se fue haciendo gradualmente y por diversos individuos o grupos, trabajando probablemente cada uno por su lado. Esto se evidencia en las diferencias de estilo y de calidad que se advierten en el griego utilizado y en la manera de traducir empleada (Báez-Camargo, 1980: 34).

El contenido de los libros apócrifos incluye crónicas de la historia judía, escritos sapiensales, relatos, salmos y literatura apocalíptica. Sin duda, estos libros eran tenidos en gran estima por el pueblo judío y eran guardados en el mismo conjunto con los rollos antiguos de los profetas como propiedad de la nación.

Cuando llegó el momento en que la comunidad judía en Egipto, especialmente en Alejandría, sintió la necesidad de poseer en su lengua cotidiana, el griego, los tesoros de la literatura judaica, se buscó la forma de realizar la traducción. Este anhelo fue el origen y la motivación para la realización de la LXX, incluyendo ésta los libros apócrifos.

  1. ¿SON INSPIRADOS LOS LIBROS APÓCRIFOS?

Católicos y Protestantes se dividen en esta parte del camino. Los primeros contestarán con un firme ‘sí’, mientras los segundos menearán la cabeza con un igualmente firme ‘no’. ¿Cuáles son las evidencias a favor (y en contra) de ambas posturas?

  1. La evidencia interna

Existen básicamente cinco principios guías que se usaban para reconocer si un libro era o no inspirado para incluirlo en el canon de la Escritura (McDowell, 1982: 34). Estos son esos principios, requisitos de canonicidad:

  1. ¿Es autoritativo?— ¿Provino de la mano de Dios? (¿viene este libro con un divino ‘Así dice el Señor’?)
  2. ¿Es profético?— ¿Fue escrito por un hombre de Dios?
  3. ¿Es auténtico?— Los padres de la iglesia eran partidarios de la política de ‘si no estás seguro, deséchalo’. Esto realzó la validez de su discernimiento de los libros canónicos.
  4. ¿Es dinámico?— ¿Tiene el poder de Dios que transforma las vidas?
  5. ¿Fue recibido, reunido, leído y usado? — ¿Fue aceptado por el pueblo de Dios?

Un ejemplo bíblico de la aplicabilidad de estos principios es el hecho de que Pedro reconoció las obras de Pablo como Escritura al mismo nivel que la Escritura del Antiguo Testamento: ‘…tal como les escribió también nuestro querido hermano Pablo, con la sabiduría que Dios le dio. En todas sus cartas se refiere a estos mismos temas. Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que los ignorantes e inconstantes tergiversan, como lo hacen también con las demás Escrituras, para su propia perdición.’ (2 Pedro 3:15b-16).

¿Qué de los libros apócrifos? Josh McDowell sostiene que estos libros no reúnen los requisitos para la canonicidad, y ofrece las siguientes razones por las cuales fueron excluidos:

  1. Abundan en inexactitudes e incoherencias históricas y geográficas.
  2. Enseñan doctrinas falsas y fomentan prácticas que están en desacuerdo con la Escritura inspirada.
  3. Recurren a tipos literarios y despliegan una artificialidad en las materias y en el estilo que no guarda relación con la Escritura inspirada.
  4. Carecen de los elementos distintivos que le dan a la genuina Escritura su carácter divino, tal como el poder profético y poético y el sentimiento religioso. (McDowell, 1982: 37).

De los cinco principios, el último es el que se subraya con mayor fuerza: el reconocimiento unánime de los libros inspirados por parte de la comunidad de fe. Ha de tenerse en cuenta que no a todos los escritos hebreos se les otorgó canonicidad y que, evidentemente, el criterio importante de canonicidad para el pueblo judío fue la aceptación pública de los escritos (Harrison, 1990: 279-280). De hecho:

La base última de la canonicidad no es el lenguaje en que se escribieron los libros sino el testimonio de la comunidad de creyentes que oyó la voz de Dios en los libros canónicos. Los judíos, los eruditos católicos como Jerónimo y Gregorio el Grande, y los reformadores sólo reconocieron en los escritos del canon hebreo la autoridad que los hacía merecedores de su inclusión en el Antiguo Testamento. (Lasor, Hubbard y Bush 2004: 22-23).

Otro aspecto de la evidencia interna tiene relación con las citas que el Nuevo Testamento hace del Antiguo. Los escritores del Nuevo Testamento apelan repetidas veces al Antiguo Testamento para apoyar o ilustrar una enseñanza, o para confirmar el cumplimiento de una profecía. Sin embargo, aunque las citas generalmente corresponden a la versión griega LXX, no es posible dar con ninguna cita o referencia a alguno de los libros apócrifos.

No hay ninguna cita directa en todo el Nuevo Testamento de ninguno de los libros incluidos en los apócrifos, aunque el libro de Sabiduría contiene numerosos puntos de contacto con la doctrina cristiana. Este hecho es admitido universalmente, y es del mayor interés. (Westcott, 1987: 50).

Pero, si los judíos de Alejandría incluyeron estos libros en la versión griega Septuaginta, ¿no significa eso que los consideraban textos inspirados? No necesariamente.

  1. La inclusión de los Libros Apócrifos en la LXX griega

Para comprender cuánto valor otorga a los libros apócrifos su inclusión en la LXX griega, es necesario analizar cuáles fueron las condiciones en las que se realizó la traducción y cuáles los objetivos perseguidos por los judíos con aquella empresa.

No hay motivos para dudar de la ortodoxia de los judíos alejandrinos, pero es del todo probable que en la formación de la colección traducida al griego se incluyeran, además de los libros considerados específicamente religiosos, también los de orden histórico y literario. G. Báez-Camargo señala:

Lejos de la patria, era natural que los judíos quisieran tener en su lengua de uso cotidiano, el griego, no sólo aquellos libros normativos de su vida moral y religiosa, sino también algunas muestras, que para ellos serían muy apreciadas, de la literatura y la historia judías en general (…) Por ello también parece natural esperar que en la LXX incluyeran otros libros, además de los que más de dos siglos después iban a formar el canon hebreo oficial. (Báez-Camargo, 1980: 35).

Un segundo elemento que es oportuno considerar sobre este punto es la existencia de otras varias versiones primitivas del Antiguo Testamento aparte de la LXX griega. El argumento más frecuente a favor de la canonicidad de los libros apócrifos es que las primeras versiones los contenían, pero esto es sólo parcialmente cierto. Los tárgumes arameos, por ejemplo, no los reconocían. Ni siquiera la Peshita siria en su forma más antigua contenía un solo libro apócrifo; fue mucho después que fueron agregados algunos (Archer, 1981: 78-79).

Como ya se ha mencionado anteriormente, Jerónimo, el gran traductor de las Escrituras al latín, no reconocía que los apócrifos fueran escritos inspirados. Una investigación cuidadosa de esta materia reduce la autoridad de los libros apócrifos a nada más que una versión antigua que los contenía, la Septuaginta.

Pero aún en este caso hay algo más que debe ser considerado. En la LXX inclusive, los apócrifos mantienen una existencia más bien incierta: Por ejemplo, al Códice Vaticano (B) le falta 1 y 2 Macabeos (canónicos según la Iglesia Católica Romana), y sin embargo incluye 1 Esdras (no canónico según la misma iglesia). El Códice Sinaítico (Alef) no contiene Baruc (canónico según la iglesia de Roma), pero incluye 4 Macabeos (no canónico de acuerdo a la iglesia romana). Así también, el Códice Alejandrino (A) contiene tres libros apócrifos ‘no canónicos’ (1 Esdras y 3 y 4 Macabeos). De esta manera resulta que aún los más antiguos manuscritos o la LXX difieren notoriamente con respecto a cuáles libros constituyen la lista de los libros apócrifos (Archer, 1981: 79).

III. ¿CUÁNDO FUERON AUTORIZADOS LOS LIBROS APÓCRIFOS?

  1. La resolución del Concilio de Trento

Si bien muchos católicos aceptaron previamente los apócrifos o deuterocanónicos, fueron añadidos oficialmente ‘con legítima autoridad’ por la Iglesia Católica Romana en el Concilio de Trento en su decreto de la sesión IV del 8 de abril de 1546, primordialmente en respuesta a la Reforma Protestante. Así lo confirman dos teólogos católicos romanos:

Se trata de una toma de postura explícita sobre el tema, precisamente frente a las discusiones de los reformadores protestantes y a algunas opiniones de católicos, que se apoyaban para defender el canon corto del AT en San Jerónimo, quien defendía sobre todo la «hebraica veritas», es decir, el canon de la Biblia hebrea. (Artola y Sánchez, 1989: 70).

La ‘toma de postura’ fue motivada por el hecho de que los apócrifos respaldaban algunas de las prácticas y enseñanzas de la Iglesia Católica Romana, las cuales no podían comprobarse de acuerdo con la Biblia. Ejemplos de ello son  las oraciones por los muertos, peticiones por la intercesión de los ‘santos’ en el cielo, la adoración de ángeles, y la ofrenda de ‘limosnas expiatorias’ por los pecados, que bien se podían apoyar en ciertas porciones de los libros apócrifos.

El Concilio de Trento redactó una declaración solemne con la cual la Iglesia Católica Romana selló la incorporación de los libros apócrifos. Dicha declaración concluye con las siguientes palabras de condenación:

Si alguno no recibiere como sagrados y canónicos estos mismos libros en su integridad, con todas sus partes (libros ipsos integros cum omnibus suis partibus), tal y como ha sido costumbre leerlos en la Iglesia católica y se contienen en la antigua edición vulgata latina y despreciare a sabiendas y pertinazmente las antedichas tradiciones, sea anatema. (Artola y Sánchez, 1989: 71).

Los teólogos católicos romanos continúan explicando que el Concilio de Trento no entró en las razones históricas para justificar su lista canónica de las Escrituras, sino que dio solamente ‘una motivación dogmática’, a saber, «conservar en la Iglesia la pureza del Evangelio» (Artola y Sánchez, 1989: 71).

  1. Testimonios extrabíblicos a favor del Canon Hebreo

Existen evidencias anteriores al 150 a.C. de la clasificación de los escritos sagrados en tres grupos. El libro de Eclesiástico, libro sapiencial apócrifo, consta de un prólogo, escrito por el nieto del autor, quien tradujo la obra al griego alrededor del 132 a.C. El prólogo dice: «La Ley, los Profetas y los otros Libros de los Padres que les siguen» (Lasor, Hubbard y Bush, 2004: 20).

El famoso historiador judío Josefo (fines del primer siglo después de Cristo) escribe enContra Apion I:

Desde Artajerjes hasta nuestro tiempo, todo ha sido registrado, pero no ha sido considerado digno del mismo crédito que lo que había precedido, pues la exacta sucesión de los profetas cesó. Pero la clase de fe que hemos colocado en nuestros propios escritos se evidencia por nuestra conducta; pues aun cuando ha pasado muy largo tiempo, nadie se ha atrevido a añadirles algo, o a suprimirles algo, ni alterarlos de manera alguna. (McDowell, 1982: 35).

‘Desde Artajerjes’ se refiere al tiempo cuando fue escrito el último libro —es decir, Malaquías. Si bien Crónicas es el libro que ocupaba el último lugar en el canon hebreo, Malaquías fue el último en ser escrito.

Melitón, obispo de Sardis, es el autor de la más antigua lista del canon del Antiguo Testamento del que tenemos noticia (170 d.C.). Eusebio guardó el registro de sus comentarios en su obra Historia Eclesiástica IV. 26:

Melitón dijo que él había obtenido esta lista cuando viajaba en Siria. Los comentarios de Melitón se encontraron en una carta dirigida a Anesimio, su amigo: «Sus nombres son estos… Cinco libros de Moisés: Génesis, Éxodo, Números, Levítico, Deuteronomio. Josué hijo de Nun, Jueces, Rut, cuatro libros de Reinos, dos libros de Crónicas, los Salmos de David, los Proverbios de Salomón y su sabiduría, Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, Job, los profetas Isaías, Jeremías, los Doce en un solo libro, Daniel, Ezequiel, Esdras.» (McDowell, 1982: 36).

Es de destacarse que Melitón no menciona ninguno de los libros apócrifos, pero sí incluye todos nuestros libros del Antiguo Testamento actual, excepto Ester. F.F. Bruce comenta que ‘es muy posible que Melitón incluyera Lamentaciones con Jeremías y Jeremías con Esdras (…) Pudiera ser que Ester no haya estado incluido en la lista que él recibió de sus informantes en Siria.’ (McDowell, 1982: 36).

Wayne Grudem, en su Teología Sistemática, hace una excelente explicación de lo que en realidad consistió el Concilio de Trento y su canonización de los libros apócrifos:

Al ratificar a los apócrifos como dentro del canon, los católicos romanos podían sostener que la iglesia tiene la autoridad de declarar una obra literaria como «Escrituras», en tanto que los protestantes habían sostenido que la iglesia no puede hacer que algo se considere Escrituras, sino que sólo puede reconocer lo que Dios ya ha hecho que se escriba como sus propias palabras. Una analogía aquí sería decir que un investigador policial puede reconocer dinero falsificado como falsificado y puede reconocer el dinero genuino como genuino, pero no puede hacer que el dinero falsificado sea genuino, ni puede ninguna declaración de ningún número de policías hacer que el dinero falsificado sea algo que no es. Sólo la tesorería oficial de una nación puede hacer dinero que sea dinero de verdad; de manera similar, solo Dios puede hacer que las palabras sean palabras suyas y dignas de incluirse en las Escrituras. (Grudem, 2007: 59).

La brillante ilustración de Grudem coloca las cosas en su debido lugar. Los libros apócrifos nunca debieron ser ‘deuterocanónicos’, en otras palabras, nunca debieron ser incluidos en el canon de las Escrituras por ningún procedimiento humano tardío.

CONCLUSIÓN

Los libros apócrifos no deben ser considerados como parte de las Escrituras, por los siguientes motivos: (1) ninguno de ellos afirma tener la misma clase de autoridad que tenían los escritos inspirados del Antiguo Testamento; (2) los judíos, de quienes estos libros provienen, no los consideraban palabras de Dios, por cuanto no los incluyeron en el canon hebreo; (3) ni Jesús ni los autores del Nuevo Testamento los consideraban Escrituras, como prueba la ausencia de citas o referencias a los mismos; y (4), contienen enseñanzas incongruentes con el resto de la Biblia.

Debemos concluir que son sólo palabras humanas, y no palabras inspiradas por Dios como las palabras de las Escrituras. Pueden tener cierto valor para la investigación histórica y lingüística, y contienen ciertamente una cantidad de relatos útiles en cuanto al valor y la fe de muchos judíos durante el período intertestamentario —posterior a la conclusión del Antiguo Testamento—, pero nunca han sido parte del canon del Antiguo Testamento, y no se les debe considerar parte de la Biblia.

Por lo tanto, los libros apócrifos no tienen ninguna autoridad prescriptiva para el pensamiento y la vida de los cristianos hoy. Por otro lado, con respecto al canon del Antiguo Testamento, los cristianos no tienen por qué preocuparse de que algo se haya dejado fuera, ni de que se haya incluido algo que no fuera palabra de Dios.

¡A Dios, cuya Palabra es verdad y permanece para siempre, sea toda la gloria!


BIBLIOGRAFÍA

ARCHER, G. (1981) Reseña crítica de una Introducción al Antiguo Testamento. Grand Rapids, Editorial Portavoz.

ARTOLA, A., SÁNCHEZ, J. (1989) Introducción al Estudio de la Biblia (Vol. 2). Navarra, Verbo Divino.

BAEZ-CAMARGO, G. (1980) Breve historia del canon bíblico (2° Ed.). México, Luminar.

GRUDEM, W. (2007) Teología Sistemática. Miami, Editorial Vida.

HARRISON, R. (1990) Introducción al Antiguo Testamento (Vol. 1). Traducido por P. Vega. Jenison, The Evangelical Literature League.

LASOR, W., HUBBARD, D., BUSH, F. (2004) Panorama del Antiguo Testamento. Grand Rapids, Libros Desafío.

MCDOWELL, J. (1982) Evidencia que exige un veredicto. Miami, Editorial Vida.

GOT QUESTIONS Ministries (2012) ¿Qué son los libros apócrifos? (en línea).

WESTCOTT, B. (1987) El canon de la Sagrada Escritura. Terrassa, CLIE.

Fuente: lacruzdesnuda.wordpress.com

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