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La oración en la vida y ministerio del pastor – Mark Dever

junio 5, 2014

cross-praiseAutor: Mark Dever

La oración es algo que muchos de nosotros fácilmente apoyamos pero, en realidad, pensamos muy poco en ello. No estoy hablando de la oración en general, sino de la oración en la vida y ministerio del pastor.

En la única carta que tenemos del hermano de Jesús, Judas, encontramos una apasionada advertencia sobre los falsos maestros que estaban invadiendo y cautivando a la iglesia. Judas es mordaz al escribir sobre ellos. Luego de describirlos y desestimarlos, nos da el verso 20 para comparar a los verdaderos cristianos y verdaderos líderes de la iglesia con estos hombres no espirituales.

“Pero ustedes, queridos amigos, consoliden su fe más santa y oren en el Espíritu.”

La gran preocupación de Judas en esta carta es que la iglesia (o iglesias) esté protegida de falsas enseñanzas y que se consolide en la verdad. Al final de Judas, en el verso 20, dice “y oren en el Espíritu Santo”. Hay muchos lugares en el Nuevo Testamento donde los cristianos son exhortados a orar. (Ver Efesios 6:18; Santiago 5:16; y Romanos 8:26–27). ¿Por qué? Debe haber una razón para que se inste a orar y se mencione la oración con tanta frecuencia en las páginas del Nuevo Testamento. Esto debe decirnos algo sobre la importancia de la oración.

Ahora, el orar en el Espíritu Santo no es un tipo especial de oración en lenguas, o en un éxtasis en particular, que algunos cristianos pueden hacer y otros no. Más bien, es un tipo especial de oración que hacen los verdaderos cristianos, que estos maestros falsos no lo hacen. Esto es orar en la luz del poder y de la voluntad del Espíritu Santo. Esto es orar en línea con los deseos expresos de Dios y con la verdad de su evangelio. Esta oración contrasta con los falsos maestros, quienes, de acuerdo con el verso 19, ni siquiera tienen el Espíritu.

Estos cristianos no podían ganar por si solos la lucha contra estas falsas enseñanzas, divisiones y pecados que estaban enfrentando. No podían simplemente convencer a la iglesia para que se consolide. Dios mismo debía estar involucrado en construir la iglesia, y así, ellos necesitaban implorar a Dios su ayuda y guía, su presencia y poder. La Cristiandad no es simplemente un juego mental; no se trata solo de convencerse a si mismo con argumentos o emociones. Más bien, es un asunto de vivir en Dios genuina y verdaderamente. Nosotros los cristianos no vemos el mundo a través de unos lentes color de rosa, ignorando la realidad, esperando que haya un ser supremo. ¡No! Vivimos como vivimos porque estamos en unidad con ese Dios, porque lo conocemos y vivimos con El.

La oración nos hace enfocarnos en nuestra dependencia de Dios. En cierta ocasión el cachorrito de Martín Lutero estando cerca de la mesa pedía a su amo algo de comer. Al ver a su perro pidiendo comida, su boca bien abierta y con los ojos fijos, Lutero dijo, “!Oh, si tan solo yo pudiera orar de la manera en que este perro ve la carne! Todos sus pensamientos están concentrados en el pedazo de carne. Aparte de eso no tiene otro pensamiento, deseo o esperanza” (La sobremesa de Lutero, 18 de Mayo de 1532).

La oración privada

Nuestra vida de oración es importante tanto en su aspecto privado como públicoPrivadamente, debemos vivir nuestra confianza en Dios, y gran parte de eso viene de la realidad de la oración. En tiempos buenos oramos humildemente, alabando y agradeciendo a Dios por todo aquello que nos sale bien. Recordamos que no somos más que indignos sirvientes. Somos colaboradores de Dios por medio de Su gracia. En tiempos difíciles, nos animamos orando, recordando que al final, Dios está trabajando. Descubrimos que Dios nos enseña a través de la oración. En situaciones difíciles, comenzamos orando a Dios para que nos libere de la prueba. Pero al meditar más sobre las maneras de Cristo, generalmente terminamos orando para que Dios nos santifique a través de la prueba. Estas pruebas nos catequizan, son enviadas con el expreso consentimiento de nuestro Padre Celestial que nos ama. Esto fue lo que Pablo experimentó y escribió en 2 Corintios 12. En nuestras propias vidas, vemos varios pecados necios, miembros de la familia que no se han arrepentido, preocupaciones y miedos en los que invertiríamos años de oración, pero el resultado de nuestra perseverancia no es nunca que terminemos confiando menos en Dios, sino que lleguemos a amarlo y a confiar más en El. Vemos el evangelio y su suficiencia. Llegamos a apreciar lo que El nos ha dado, más que preocuparnos por lo que no nos ha dado. ¿En dónde más, si no es en nuestra oración, aprendemos tales lecciones?

La oración alaba a Dios, que es fiel, confiable, amoroso, valioso y bueno. Nos sugiere que El mantiene un record real e importante con nosotros. Reconoce que nuestro ministerio realmente viene de El y regresará a El. Demuestra que lo reconocemos a El como el Gran pastor, que cualquier rebaño que cuidemos es suyo, y que como dicen los hebreos, le rendiremos cuentas a El por cada una de sus ovejas en ese rebaño.

La Oración Pública

La oración pública nos une dentro de nuestra congregación. A medida que presentamos nuestras necesidades a Dios, recurrimos a El para confiar en El, para gozarnos en Su absoluta confiabilidad. Al orar en voz alta frente a la congregación, nuestros hermanos y hermanas ven nuestra propia confianza y entrega a Dios, regocijándonos en El y amándolo. Dirigimos a nuestra gente hacia el amor y confianza en Dios como nuestro Padre. Nuestra oración pública nos ayuda a convertirnos en “lideres que confían”, líderes que glorifican a Dios, dando el ejemplo de poner nuestras preocupaciones en El y dejarlas ahí. Podemos modelar una meditación cuidadosa, considerada, en la grandeza de Dios, en nuestros pecados, y en interceder por otros, y por las necesidades más allá de nuestra propia congregación. La oración pública revela algo sobre el corazón del pastor.

Y en los tiempos de desanimo, hermanos, acudan a Dios. Uno de mis libros Cristianos favoritos es la autobiografía de John Bunyan, Gracia Abundante para el Mayor de los Pecadores. Hay una sección en que Bunyan hace un recuento de los intentos de Satanás por desanimarlo para que no ore. A continuación la historia de Bunyan en sus propias palabras:

En este momento, teniendo las Escrituras frente a mi, y el pecado expuesto de nuevo en mi puerta, como dice Lucas xviii.1, con otros, me animo a orar; entonces el tentador nuevamente se me presenta muy irritado, sugiriendo “Que ni la misericordia de Dios, ni la sangre de Cristo, me incumbían, ni podían ayudarme debido a mi pecado; por lo tanto, orar era en vano”. Sin embargo, me dije, “voy a orar”. Pero el tentador dijo, “tu pecado es imperdonable”. “Bueno, dije, voy a orar”. No tiene sentido, “dijo él”. “Aun así, dije, voy a orar”. Y me fui a orar a Dios; y mientras estaba orando, dije “Señor, Satanás me dijo que ni tu misericordia ni la sangre de Cristo son suficientes para salvar mi alma; ¿Señor, debo honrarte a ti más, creyendo que esa es tu voluntad y que puedes hacerlo? ¿O a él, creyendo que tu nunca querrás ni podrás hacerlo?” Señor, te honraré a ti, creyendo que tú puedes y quieres.

¡Que Dios nos dé esta perseverancia en la oración!

Para consolidarnos y consolidar a otros en nuestra fe más santa, nosotros como pastores y ministros de la Palabra, ciertamente y especialmente debemos dedicar tiempo regularmente en privado y en público a orar en el Espíritu Santo.

Fuente: Gospel Translations

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