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El humanismo secular: su influencia en la sociedad y en la Iglesia, Parte II

mayo 25, 2013
imagen: resources.logoi.org

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Fernando Saraví

Preguntas sin responder

El humanismo secular propone respuestas para muchas preguntas, pero no todas ellas son adecuadas. En el campo científico, donde el naturalismo ha predominado en el último siglo, las grandes preguntas sobre el origen del universo y de la vida aún aguardan una respuesta satisfactoria; las numerosas hipótesis propuestas, muchas contradictorias entre sí, carecen de consenso aún entre los propios humanistas seculares. Ellos han llegado a la triste conclusión que la Verdad, así con mayúsculas, no existe.

Esto es una paradoja, pues inicialmente los humanistas seculares se proponían llegar a toda verdad desprendiéndose de las “supersticiones” y buscando el conocimiento en la ciencia. Tras un siglo de intentarlo infructuosamente, se han declarado incapaces de lograrlo. Ahora nos dicen que todo el conocimiento –que es exclusivamente el conocimiento humano- es no sólo incompleto, sino también provisorio y por tanto sujeto a rectificación. ¡Qué diferente de la afirmación de Jesús: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”!

Un problema más práctico es el de la base ética de las relaciones y acciones humanas. La mayoría de los humanistas seculares, como el profesor Kurtz, a quien tuve el gusto de conocer en 1995, son personas decentes y rectas. Sin embargo, su ideología no provee base alguna para una moral de aplicación general. Las normas morales son, en su opinión, simplemente el resultado de un consenso social, ya que lo que está bien o mal en una sociedad es un asunto relativo. No existe tal cosa como el bien y el mal; es bueno lo que la sociedad determina como tal, y malo lo contrario. No hay una norma objetiva.  

En tal caso, cabe preguntarse qué hacer con los que disienten de las normas mayoritariamente aceptadas, ya que estos disidentes son tan humanos como el resto. ¿Hasta qué punto puede, en ausencia de una norma objetiva, afirmarse que el abuso infantil, la mentira, el robo o el homicidio son malos? ¿es lícito, desde el punto de vista del humanista secular, castigar a quienes piensan diferente?

Esto nos lleva al tercer gran problema, que es el de la libertad humana. Si el ser humano es el resultado de fuerzas evolutivas y sus actos son consecuencias de su constitución genética y el ambiente, no existe tal cosa como el libre albedrío. Podemos creer que nuestros actos son libres, pero en último análisis nunca lo serían. Ahora bien, donde no hay libertad, tampoco hay responsabilidad. Por tanto, no parece justo premiar ciertos comportamientos y castigar otros, si en ambos casos se trata de actos en donde no hubo la posibilidad real de optar. En el humanismo secular el hombre se “libera” de Dios, pero a costa de renunciar a su propia libertad en el sentido pleno del término.

Finalmente, tampoco existe una base real para el valor único de cada existencia humana individual. La singularidad del hombre es cualitativamente similar a la de una bacteria, una cucaracha o un delfín. Cada ser humano es único, pero no como una creación especial de Dios, sino como una combinación más o menos al azar de determinada dotación genética y circunstancias. Y según el humanista secular, hasta esta combinación desaparece con la muerte, sin dejar otro rastro, asimismo transitorio, que el recuerdo de sus acciones.


Influencia en la sociedad

El humanismo secular siempre ha sido una ideología minoritaria. La mayoría de la gente no acepta todas sus creencias tal como han sido expuestas más arriba. Tal vez la noción más rechazada sea que la muerte es la terminación definitiva de la existencia personal. Sin embargo, aunque las creencias centrales del humanismo secular carezcan de popularidad, paradójicamente algunas de los corolarios prácticos de esta ideología han hallado eco en los medios y ejercen gran influencia en la sociedad.

Una forma particularmente insidiosa de penetración masiva es a través de las exposiciones de los hallazgos científicos dirigidas al público general, que casi siempre suponen y con frecuencia afirman la filosofía naturalista. Típicamente, los informes científicos de divulgación presentan hechos reales pero los interpretan desde la perspectiva naturalista, como si esta fuera la única perspectiva razonable. De este modo, se inculca el materialismo disfrazado de ciencia, como si fueran la misma cosa.

Algunas de las lamentables consecuencias de la penetración del naturalismo en la sociedad son (cf. Romanos 1: 18-25):

  1. Hedonismo. Consiste en la búsqueda del placer como sentido fundamental de la vida. Si esto es todo cuanto hay, como dice Pablo citando a un filósofo pagano, “comamos y bebamos, que mañana moriremos.”
  2. Consumismo. La obtención de bienes temporales, ya sea como posesiones materiales o como poder económico, político, etc., se vuelve uno de los objetivos más apetecibles ante la perspectiva de que no hay nada más que esperar.
  3. Relativismo moral. “Lo que es verdad para ti no necesariamente lo es para mí.” En otras palabras, cada uno debe determinar por sí mismo lo que está bien y lo que está mal; pero además pueden existir tantas definiciones de lo bueno y lo malo como personas existen, y sin una norma objetiva ninguna de estas definiciones es mejor que las otras. Si esta posición se adoptara hasta su extremo lógico, sería imposible la vida en sociedad. En el estado actual, esta forma de pensar justifica innumerables acciones inmorales desde el punto de vista bíblico.
  4. Aceptación social de acciones y formas de vida antes consideradas inmorales. Es una consecuencia directa del relativismo moral. El adulterio y la homosexualidad son ejemplos obvios; mientras que hasta no hace mucho estas cosas eran penadas por la ley civil, hemos “avanzado” hasta el punto en que no sólo se toleran, sino que se promueven activamente. Adúlteros y homosexuales siempre hubo; pero la existencia de promotores públicos de estas abominaciones es una “maravilla” de fines del siglo XX.
  5. Desprecio por la vida humana. Desde una perspectiva materialista, es razonable defender acciones como el aborto o la “eutanasia” (es decir, la muerte provocada como “tratamiento” de enfermedades incurables) si ellas surgen de un consenso social.

Penetración en la Iglesia

Este cáncer que corroe a la sociedad y la extravía no ha dejado intacta tampoco a la Iglesia. Ya que la Iglesia está inserta en la sociedad, es ingenuo esperar que fuese por completo ajena a las influencias del naturalismo en general y del humanismo secular en particular. Además de los aspectos ya señalados a propósito de la sociedad, conviene especificar algunos puntos que afectan especialmente a la Iglesia.

Uno de ellos es la proliferación de libros y seminarios, basados en dudosas teorías, para mejorar la autoestima y promover el bienestar por medios principal o exclusivamente psicológicos. Estas atractivas pero ilusorias propuestas para el “desarrollo personal” rara vez se analizan seriamente a la luz de las Escrituras, como hacían los cristianos de Berea con las enseñanzas de los Apóstoles (Hechos 17:11). En lugar de esto, se las acepta con entusiasmo y se las sigue por un tiempo, hasta que aparecen otras más nuevas que a su vez se ponen de moda. En contraste con estas técnicas que van y vienen, la Palabra de Dios permanece para siempre.

Estrechamente relacionada con lo anterior se halla la subestimación del pecado. Los cristianos servimos a un Dios tres veces santo, que aborrece el pecado. Jesús murió para que pudiésemos ser salvos de nuestros pecados. Sin embargo, no es raro ver que, lo que la Biblia llama pecado, se interpreta como problemas psicológicos sin ver su verdadera y fundamental raíz espiritual. Desde luego que la psicología tiene un lugar en la Iglesia, pero siempre subordinada a las claras enseñanzas bíblicas.

En ocasiones la influencia del humanismo secular se manifiesta muy sutilmente a través de un énfasis excesivo en la función social de la Iglesia. La Escritura abunda en exhortaciones y mandamientos de ayudar a los necesitados, de modo que esta es una parte irrenunciable del testimonio de la Iglesia al mundo. Sin embargo, la función primaria de la Iglesia es la de llevar a todos al Evangelio de Jesucristo, el único en el que hay salvación (Hechos 4:12). Tristemente, en un sincero anhelo de ayudar algunas congregaciones se han involucrado en cuerpo y alma en un activismo social que las ha debilitado en su aspecto espiritual; sin duda, es una trampa maestra del Enemigo de las almas.

Otra vía de penetración del humanismo secular es a través de lo que se ha dado en llamar el “evangelio de la prosperidad”. Puede presentarse de manera muy espiritual, pero en el fondo de la idea de que todo cristiano tiene derecho a grandes posesiones materiales se halla un razonamiento meramente humano, carente de sustento bíblico. Basta leer el capítulo 11 de Hebreos, o los padecimientos de Pablo narrados en 2 Corintios. Nuestro tesoro y nuestra ciudadanía están ambos en los cielos… ¡o deberían estar allí!

Asimismo, toda congregación corre el riesgo de sucumbir a la tentación de confiar más en planes, técnicas y esquemas humanos que en adherirse fielmente a la Palabra de Dios. Una de ellas es confiar que la organización puede hacer lo que le corresponde al organismo, es decir al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Una buena organización sin duda puede ayudar a la sabia administración de los recursos para el progreso del reino, pero en modo alguno puede reemplazar a la fe, a la devoción o a la santidad.

Otra tentación muy importante y grave es la manipulación psicológica de los miembros, o de aquellos a quienes se predica el evangelio. Las emociones son parte de nuestra naturaleza y es normal y lícito que tengan un papel importante en lo que Pablo llama “culto racional” (Romanos 12: 1-2). Pero algunos predicadores muy populares parecen recurrir más a las técnicas de manipulación de masas que al poder del Espíritu Santo, que es quien según la Palabra de Dios convence de pecado, de justicia y de juicio.

Como cristianos, haremos bien en seguir el consejo del Señor de ser mansos como palomas, pero astutos como serpientes. Nuestra sociedad moderna es una fuente constante de confusión, de “filosofías y huecas sutilezas basadas en las tradiciones de los hombres, conformes a los elementos del mundo, y no según Cristo.” (Col. 2:8). Sin embargo, también es el campo al cual el Señor nos mandó segar.
Bibliografía

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Watkins, William D. The new absolutes (Minneapolis: Bethany House Publishers, 1996).

Origen: Razones para Creer

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