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No hay avivamiento sin reforma

febrero 6, 2013
Aiden Wilson Tozer

A.W. Tozer

Dondequiera que los cristianos se reúnen en esta época, una palabra será constantemente escuchada: Avivamiento. En sermones, cánticos y oraciones siempre estamos recordando al Señor y unos a otros, que lo que nos hace falta para resolver nuestros problemas espirituales, es un “Poderoso avivamiento a la antigua”… Los vientos del avivamiento están soplando fuertemente; sin embargo, nadie parece tener el discernimiento o el coraje para inclinarse en esa dirección del viento, aun cuando la verdad parece dirigirse en ese curso. No olvidemos que en algunos países el islam está disfrutando de un avivamiento; y los últimos reportes que llegan del Japón, indican que después de un breve ocaso -posterior a la segunda Guerra Mundial- el sintoísmo está teniendo un extraordinario auge. En nuestra nación, el catolicismo romano y el protestantismo liberal, están creciendo en tal proporción, que la palabra avivamiento es casi necesaria para describir el fenómeno. Lamentablemente, en todos estos movimientos no se ha manifestado ninguna elevación perceptible de los valores morales ni espirituales entre sus devotos.

Como en los casos anteriores, aún el cristianismo popular (como ya está ocurriendo) podría disfrutar de un “avivamiento” completamente divorciado del poder transformador del Espíritu Santo, que dejaría a la iglesia de la próxima generación, en peores circunstancias que las ocurridas si el “avivamiento” nunca hubiera ocurrido.

Yo creo, que la necesidad imperativa del momento, no es simplemente un avivamiento, sino una transformación radical que llegue a las raíces mismas de nuestra enfermedad moral y espiritual y que trate con las causas, no con los efectos; con la enfermedad y no con los síntomas.

Es mi opinión, que bajo las presentes circunstancias, no es un avivamiento todo lo que necesitamos. La difusión de un avivamiento de la clase de cristianismo que conocemos hoy en América, provocaría una tragedia moral de la cual no nos recobraríamos en los próximos cien años.

Extraído de La Vida más profunda de A.W. Tozer

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